Lollapalooza Chile 2026 (13, 14 y 15 de marzo) marca su regreso a Parque O’Higgins y, con eso, también vuelve una de las discusiones que mejor describen el presente del festival: la presencia femenina ya no es un “complemento” del line up, sino una fuerza que ordena el relato completo desde el pop global hasta la electrónica de club, pasando por el alt-pop autoral y la escena chilena del momento.

Talento como base
Lo que destaca este año es la diversidad de perfiles y “momentos de carrera” en un mismo cartel. Sabrina Carpenter, Chappell Roan, Lorde y MARINA representan formas distintas de entender el estrellato: desde el pop que domina conversación hasta propuestas que se sostienen por identidad narrativa, escritura y universo propio. En términos simples, no hablamos de artistas “que están sonando”, hablamos de proyectos que mueven públicos y condicionan el clima del festival como Line up, como en otras versiones lo hizo Olivia Rodrigo, Rosalía, Lana del Rey y Alanis Morrisette.
En el extremo donde el pop se vuelve coreografía, concepto y cultura de fandom, aparece KATSEYE, parte de esa generación que entiende el escenario como un formato total (música + visual + performance) y que viene empujando una conversación más amplia sobre representación, identidad y comunidad.
Puesta en escena
Si el line up es un mapa, la puesta en escena es el idioma. La conversación sobre “impacto femenino” también pasa por cómo se diseña un show hoy: no basta con cantar bien o tener hits; importa la dirección estética, el ritmo del set, los momentos “pensados para ser vividos” (y recordados), y esa capacidad de convertir un escenario en una experiencia con identidad clara.
En ese sentido, nombres como Sabrina Carpenter y Chappell Roan representan una lógica contemporánea donde el pop es espectáculo, pero también narrativa: la audiencia no solo va a ver canciones, va a entrar a un mundo. Y artistas como Lorde o MARINA, desde lugares distintos, apuntan a lo mismo, shows que se sienten como un statement, no como una lista de reproducción.
Electrónica y liderazgo
En un festival como Lolla, la electrónica tiene una misión particular: no solo entretener, sino ordenar la energía colectiva. Ahí, el liderazgo femenino se nota cuando una artista puede tomar un escenario y convertirlo en pista sin perder intención. En el cartel 2026 figura Peggy Gou, un nombre que representa esa figura capaz de transformar el espacio en un fenómeno físico: baile, euforia, y comunidad, considerando el regreso de la electrónica a la tan esperada cúpula de Movistar arena.
Escena chilena: identidad, riesgo y proyección
La conversación sería incompleta sin mirar hacia casa. En la edición 2026, la escena chilena aparece con peso propio y, dentro de ella, las artistas mujeres empujan una idea clara: la propuesta manda.
Nombres como AKRIILA y Rubio funcionan como ejemplos de dos rutas distintas para el mismo objetivo: construir identidad, expandir lenguaje y sostener un relato artístico que no depende de “encajar” en una fórmula.
En un festival que también levanta a referentes locales de gran escala, el efecto en las artistas chilenas es doble por un lado, visibilidad frente a audiencias masivas; por otro, una vitrina que permite mostrar al público internacional que la escena local no es solo “apertura”, sino contenido central del ecosistema.
Representación: más que cantidad, impacto
Cuando hablamos de “impacto del género femenino” no se trata solo de cuántos nombres hay en el afiche, sino de qué rol ocupan: headliners, nombres que arrastran conversación global, artistas que definen tendencias, proyectos que renuevan el lenguaje pop, y propuestas que sostienen el pulso electrónico. En esa combinación, Lollapalooza Chile 2026 se lee como una edición donde la presencia femenina no es un apartado: es una de las claves para entender por qué el festival se siente actual.