Gilberto Gil: Adiós a Un Pedazo de Brasil

“Tempo Rei” de 1984 es la respuesta de un poco más de 5 minutos al tema “Oração ao Tempo” de Caetano Veloso, quien inspirado en su hijo, expresa su fuerte sensación del desvanecimiento del tiempo. Es el nombre de esta canción que escogió el talentoso nordestino de 83 años para su gira del adiós, en una muestra que el tiempo pasa incluso para las leyendas y es momento de darle descanso a su micrófono y Fender Stratocaster con un show de casi 3 horas en otra otra jornada para recordar en el Movistar Arena.

Por: Jorge Núñez

Fotos: Juan Pablo Morales

Marzo, mes de conciertos. El primer recordatorio es la estructura de los escenarios de Lollapalozza ya listos en su obra gruesa para unos pocos días más en la elipse del Parque Ohiggins a solo unos pocos metros de lo que fue la fiesta sonora y visual que Gilberto Gil y sus músicos desplegaron para hacer un generoso y a la vez relajado repaso de la carrera de este artista clave para entender el Tropicalismo (junto a Cetano Veloso, Tom Zé y Os Mutantes de Rita Lee) que lo llevó a través de los años a ser un embajador itinerante de la cultura brasileña por el mundo e incluso a ser Ministro de Cultura de su país.

El Show

El concierto que comenzó pasadas las 9 de la noche en un concurrido Movistar Arena reunió en escena a una formación que por momentos superaba los 20 músicos repartidos en secciones de cuerdas, núcleo rítmico, bronces, acordeón, vientos, teclados, además de la base rock de guitarra + bajo + batería en un enjambre musical que se movía y respiraba como un solo organismo. Todos de blanco en la celebración de la vida y la obra del maestro de esta orquesta que optó por la viveza de los colores, al igual que sus gráficas y visuales que nos hicieron un recorrido por las referencias de Gil a lo largo de su
carrera: Imágenes la psicodelia de sus comienzo, referencias a la selva brasileña, naturaleza diversa, texturas que evocan el Mato Grosso y – entre medio – fotografías retrospectivas con su familia y otros héroes de la música brasileña. Cómo no, si la historia personal de Gil se mezcla indeleblemente con la historia cultural del Brasil.

Sin apuro, tomándose los tiempos para recomponer energías, además de las interacciones con su público, Gilberto Gil gestiona su tiempo para ir de a poco subiendo en emotividad. Desde la inicial Cálice (con participación virtual del desaparecido Chico Buarque) pasando por composiciones de fuerte peso
histórico como Bate Macumba, Back in Bahía, Refazenda, va haciendo una lúdica progresión a composiciones propias del groove, el funk y el pop cultivado en los 70s con clásicos como Nao Chores Mais, a Novidade y Realce.

Extraña pensar que se trata de un show de despedida. Incluso con una voz que ya no busca la potencia de otros años, el músico bahiano sabe exactamente cómo usarla. No fuerza nada: frasea, sugiere, se apoya en los coros y en la arquitectura de la banda. En paralelo, se instala en la segunda guitarra rítmica, desde donde dirige el pulso con precisión.

El verdadero agitador del escenario es él. Gil no corre ni se impone con gestos grandilocuentes: dispara emociones. Sabe cuándo acelerar, cuándo bajar la intensidad y cuándo dejar que la banda respire sola.

El repertorio también funciona como un mapa emocional. Canciones de enorme significado aparecen en momentos clave, como Vamos Fugir, detonando la reacción la euforia y baile desde los asientos fila A hasta los pegados a la cúpula y lo que en algún momento parecía un concierto se transforma en una fiesta. Así siguieron sucediendo sus canciones con un momento más retrospectivo antes de encarara la recta final de un show que se extendió por más de dos horas y media.

Músicos de vuelo, entre los que se contaban sus hijos y nuera, no por nepotismo, sino porque sencillamente son buenos, con un bajo funkero, bronces con energía soul, un acordeón que abría las ventanas hacia el nordeste brasileño, mientras los violines aportaban dramatismo y emoción. En medio de todo, la base rítmica —batería y percusiones afrobrasileñas— marcando los pulsos y estructuras que atravesaban el espectáculo.

Ya era casi domingo cuando hicieron su paso el rock sesentero con raíces afro, reggae, ritmos regionales, baladas y estallidos festivos que se entrelazaron sin jerarquías en climas que el autor diseñó con el oficio que le dieron casi seis décadas de carrera. Gil siempre fue un explorador de sonidos y aquí vuelve a demostrarlo: su música no es solamente carnaval.: es carnaval, sí, pero también reflexión, experimentación y memoria.

Brasil, finalmente, aparece como lo que siempre fue en la obra de Gil: un universo. Eso es lo que propone Gil en Tempo Rei, una visión de mundo desde la óptica personal y desde el ángulo que le da haber nacido ahí.

Para el final, lo mejor: el himno llamado Aquele Abrazo en una versión extendida que dejó bailando a todos en un momento que todos los asistentes recordarán por un muy buen tiempo. Una bella canción que compuso en 1969 cuando la historia lo golpeó — los años turbulentos de la persecución y exilio durante la dictadura – y decidió responder con una de sus creaciones más luminosas, dejando en el ambiente la idea que incluso en los momentos más duros podemos convertirnos en una mejor versión personal y colectiva.

Decir que Gilberto Gil es “un pedazo de historia” puede sonar a frase gastada. Pero en este caso se queda corta, porque su música no sólo recuerda: enamora, despierta, arropa y tranquiliza al mismo tiempo a sus millones de seguidores en todo el mundo por casi 60 años de carrera.

El tiempo – ese rey que tantas veces lo inspiró – terminó por alcanzar a Gilberto Gil. Pero anoche, su despedida fue cualquier cosa menos triste. Fue una celebración exuberante, multicolor y profundamente musical: una fiesta brasileña que combinó historia, emoción y una maquinaria sonora monumental.

GILBERTO GIL