Con más de 2 horas de show en el stage principal de Espacio Riesco, Ed Simons y Tom Rowlands recurrieron a clásicos de su playlist noventera, mezclado con samples del riñón más apegado al house moderno, para mantener el ambiente en lo más alto del recinto de Huechuraba, que terminó entregándose por completo a un loop en constante ascenso.
Por: Pedro Massai

Fotos: Juan Pablo Morales
En la previa, y con una arena virtualmente completa, los proyectos nacionales Love 00 y Aeróbica, encendieron la pista con guiños al house y una selección de éxitos que, lejos de añejar, siguen funcionando como disparadores infalibles del baile.
Menos de once años pasaron para que el público chileno volviera a atestiguar de primera mano un set cargado de nostalgia, capaz de explicar por qué The Chemical Brothers siguen siendo un referente fundamental de la electrónica a nivel mundial. Ya sea por empujar los límites del sonido o por colorear artísticamente sus presentaciones, el dúo inglés construyó una experiencia que dejó una huella casi pictográfica, donde cada beat parecía activar un recuerdo distinto. La ausencia de la arquitectura instrumental propia del live show no se echó de menos en un set que volvió a confirmar el peso de un colectivo cuya capacidad de reinventarse no muestra señales de caducidad.

Los horarios se respetaron al 100% según lo informado días antes. A las 19:00 horas, el dúo nacional Love 00 fue el encargado de abrir la pista para quienes ya comenzaban a poblar Espacio Riesco con disposición total al baile. Franko Paredes y Stephanie Byrt dan vida a este proyecto que combina un techno de base sólida con guiños al deep house más luminoso, evocando atmósferas propias de las fiestas en Ibiza, pero con identidad propia. A eso se sumaron capas rítmicas de tintes selváticos que fueron construyendo un pasaje fluido y envolvente. El set, cercano a los 120 minutos, destacó además por un sonido limpio y bien calibrado, sorteando con solvencia detalles técnicos que históricamente han generado reparos en este recinto. Una apertura consistente, de principio a fin.
En la posta electrónica tomó el relevo Aeróbica, saliendo a la pista cerca de las 21:00 horas con puntualidad absoluta. Pepo Fernández y Nico Castro llevan un buen tiempo consolidando este proyecto, afinando una propuesta que entiende la música como un movimiento constante, casi como una declaración de principios: la vida vista desde un baile sin contratiempos.
Con un traspaso de mando que se coloreó musicalmente con “Lady (Hear Me Tonight)” de Modjo, el dúo elevó progresivamente la temperatura del recinto, marcando el pulso definitivo antes de la llegada de los químicos. La pista ya estaba en plena ebullición. El momento también refleja el buen presente del dúo, que continuará su calendario con presentaciones en el Carnaval de Río y en Lollapalooza Chile 2026, escenarios que pondrán a prueba esa misma energía expansiva que demostraron en Espacio Riesco.
Pasadas las 23:30 horas, todo se volvió oscuro. El juego de luces, hasta entonces contenido, irrumpió con fuerza, apuntando al centro del escenario y revelando a ambos maestros saludando con energía a un público que ya estaba completamente entregado. Sin demasiada antesala, comenzó un trance musical que nos conduciría por distintos pasajes de la rica historia creativa de The Chemical Brothers.
El viaje sonoro fue atravesando distintas estaciones con una naturalidad casi quirúrgica, pero esta vez no apoyado en títulos de discos, sino en ese arsenal de samples que constituye el ADN del laboratorio Chemical. Voces filtradas al límite, bajos saturados que respiran con distorsión controlada y loops hipnóticos que aparecen, desaparecen y regresan con otra textura, fueron pintando de colores luminosos un house que, incluso en la era post EDM, sigue sonando desafiante y orgánico. Más que un repaso, fue una demostración de cómo esas capas, aparentemente mínimas, construyen un pulso expansivo que no necesita excesos para incendiar la pista.

Aquella franja que terminó consolidándose como la cumbre del show de The Chemical Brothers en Chile estuvo marcada por la articulación de piezas emblemáticas que elevaron el pulso a otro nivel. El espíritu de finales de los noventa, ese que quedó inmortalizado en Surrender, emergió con fuerza en quiebres agresivos pero elegantemente pulidos, donde cada drop parecía calculado para detonar una reacción inmediata. Nadie quedó inmóvil.
Desde ese punto en adelante, el set ingresó en su tramo decisivo. Si el show completo se extendió por dos horas y media, fue en su hora final donde se concentraron, sin discusión, los peaks de la noche. “Hey Boy Hey Girl” y “Star Guitar” azotaron la pista con precisión demoledora, elevando la temperatura colectiva a un punto de no retorno. El cierre con “Galvanize” terminó de sellar la montaña rusa emocional: una tríada perfectamente urdida para recordar que la presencia de The Chemical Brothers no es circunstancial, sino estructural dentro de la historia de la electrónica. Fue un final que no solo celebró su legado, sino que dejó instalada la sensación de que Chile merece pronto un regreso con mayor arquitectura visual y sonora.

Con los maestros agradeciendo el ambiente del público, la responsabilidad de bajar el telón recayó en Francisco Allendes, quien cerca de las 2:00 AM, fiel a su trayectoria internacional, extendió la energía de la noche con una curaduría alineada al circuito europeo que lo ha visto crecer. Un cierre coherente con la impronta global que marcó toda la jornada.
No me puedo ir de esta crónica sin decir lo siguiente: hubo puntos altísimos y otros que merecen revisión. En lo positivo, el sonido estuvo impecable, con una profundidad que permitió apreciar cada capa del set, mientras las visuales acompañaron con potencia y coherencia estética. Y la gente, fundamental: una pista encendida, transversal y convocante, sosteniendo el pulso colectivo de principio a fin. En el debe, el aire acondicionado de Espacio Riesco volvió a sentirse insuficiente en varios pasajes de la noche; el calor se hizo protagonista por momentos, aunque fue parcialmente aliviado por asistentes que, entre láseres y luces estroboscópicas, agitaban abanicos al ritmo de la música en un gesto tan solidario como necesario. Detalles que no opacan lo vivido, pero que sí deben ajustarse si la experiencia quiere rozar lo impecable.
Cerrar esta experiencia fue, en lo personal, volver a un punto de origen. Mientras los beats finales aún resonaban en Espacio Riesco, inevitablemente apareció el recuerdo de aquel 2006 frente a Daft Punk, cuando entendí por primera vez que la electrónica impacta con algo superior al mero sonido amplificado. Dos décadas después, lo vivido con The Chemical Brothers termina de cerrar ese arco emocional: los cascos y los químicos, en mi historia personal, comparten ese ticket verde reservado para las experiencias que no solo se escuchan, sino que se quedan a vivir en la memoria. No fue únicamente un show; fue la confirmación de que ciertas noches marcan un antes y un después en la manera de habitar la pista.
THE CHEMICAL BROTHERS
