En su octava entrega, Music, Fashion, Film, Charli XCX mira su propio reflejo y encuentra las múltiples versiones de sí misma que ha construido a lo largo de su carrera: la estrella pop, la artista experimental y el personaje público. Un álbum sobre crear, reinventarse y enfrentarse a una paradoja inevitable: ¿puede la autenticidad seguir siendo espontánea cuando ya forma parte de tu propia identidad artística?
Por: Paz Rojas G.

Brat no solo fue uno de los discos más importantes de 2024; fue una estética, un lenguaje y una personalidad que escaparon de la música. La palabra “Brat” dejó de pertenecer únicamente a Charli XCX y pasó a formar parte de una conversación cultural mucho más amplia. Frente a ese escenario, la decisión más obvia habría sido repetir la fórmula. Sin embargo, Music, Fashion, Film toma el camino contrario: es un álbum más pequeño, más extraño y deliberadamente imperfecto.
Desde el título y la portada que reúne a John Cale, Marc Jacobs y Martin Scorsese en un retrato, Charli plantea una declaración de principios ya que no se trata únicamente de música, sino de todas las influencias que forman una identidad artística: la moda, el cine, las imágenes y los personajes que construimos alrededor de nosotros mismos. Es un disco sobre el proceso creativo, sobre mirar una obra mientras todavía está tomando forma.
Sus primeros adelantos, Rock Music, SS26 y Wink Wink, dejaban claro que Charli no buscaba seguir un mismo camino. Las guitarras saturadas, la estética lo-fi y las referencias al indie rock de los 2000 presentaban una nueva dirección: menos club, menos electrónica, más cercana a la energía de una banda tocando en un garaje. Como introducción, funcionaban. Cada canción parecía abrir una puerta distinta hacia lo que podía ser esta nueva etapa, pero el problema aparece cuando el álbum completo revela que esa primera impresión no siempre se transforma en canciones memorables.
Music, Fashion, Film es un disco que parece escrito como un diario personal, pero con la particularidad de que ese diario será escuchado por millones de personas. Aquí Charli documenta sus dudas, su creatividad, sus relaciones artísticas y las consecuencias de haberse convertido en una figura mucho más grande después de Brat y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes del álbum. No es que la vulnerabilidad de Charli sea falsa, la artista siempre ha sido extremadamente consciente de su propia construcción pública y una de las figuras más honestas del pop contemporáneo. Sin embargo, la dificultad está en que después de tantos años explorando esa relación entre persona y personaje, la autenticidad también se convirtió en parte de su lenguaje artístico.
Algo similar ocurrió con how i'm feeling nowy Brat. Durante la pandemia, how i'm feeling now transmitía una sensación de urgencia porque realmente estaba documentando un momento específico de aislamiento, incertidumbre y creación en tiempo real. En Brat, las confesiones sobre inseguridad, celos, fama y presión funcionaban porque estaban convertidas en canciones enormes, capaces de transformar una vulnerabilidad privada en una experiencia mundial. En Music, Fashion, Film, Charli vuelve a ese territorio emocional, pero el público ya conoce ese lenguaje.
La música refleja esa tensión con la producción de A. G. Cook y Finn Keane, que apuesta por una estética imperfecta: guitarras ásperas, baterías minimalistas, voces procesadas y una sensación de espontaneidad constante. Es por eso que uno de los momentos donde el concepto encuentra mejor equilibrio es con Magic Metal Montana. La canción, dedicada a su amistad con A. G. Cook, funciona como una celebración de la colaboración creativa, pero también como una de las bromas más inteligentes del disco. Charli XCX, una artista que durante años ayudó a empujar el pop hacia terrenos digitales y futuristas, ahora juega con la estética del rock alternativo.
Es casi un intercambio de lugares con Julian Casablancas, quien ya había aparecido en el álbum de remixes “brat and it’s completely different but also still brat” y quien se ha mostrado interesado en explorar sonidos más cercanos al electropop en su último lanzamiento con The Strokes. Ahí, Magic Metal Montana funciona como una especie de “baby Strokes”: no intenta convertirse en una banda de rock, sino jugar con la idea de cómo se vería Charli habitando ese universo.
Ahí está una de las mayores virtudes del álbum: cuando entiende que su fuerza nunca ha sido pertenecer completamente a un género, sino apropiarse de códigos culturales y transformarlos, por eso SS26 es quizás la canción que mejor resume el espíritu del proyecto. Su título, tomado del lenguaje de la moda, refuerza la obsesión de Charli con la velocidad cultural, la necesidad de estar siempre adelantándose al próximo momento, a la próxima tendencia, a la próxima versión de sí misma. Es una canción sobre el futuro, pero también sobre la ansiedad de intentar mantenerse vigente dentro de él.
El cierre con No One Lasts Forever lleva esa idea hasta sus últimas consecuencias. La referencia a David Cronenberg (“they are dead, they are gone, no one lasts forever”) funciona como una reflexión sobre la fugacidad de las eras artísticas. Charli ha construido su carrera destruyendo versiones anteriores de sí misma antes de quedar atrapada en ellas: cada etapa reemplaza a la anterior, desde True Romance hasta Pop 2, how i'm feeling now, Crash y finalmente Brat.
La frase hace concluir el análisis de Music, Fashion, Film con una mirada a la realidad inevitable de ser una estrella pop: cuando una artista utiliza su propia vida como material creativo, la frontera entre identidad y actuación comienza a desaparecer porque cada nueva versión puede ser completamente sincera y, al mismo tiempo, sentirse como una construcción. Aunque ahí está la virtud del relato, el disco en sí no alcanza la misma potencia emocional y de forma intencional, no intenta dar certezas a estas interrogantes, sino que deja canciones a medio camino que esperan una respuesta a largo plazo.