Wednesday en Club Chocolate: Siempre es miércoles en mi corazón

La enérgica banda de Carolina del Norte debutó en solitario en nuestro país en uno de esos shows donde se agradece la intimidad y cercanía. De un muy buen presente, el grupo repasó con seguridad y actitud parte de "Bleeds" (2025), su último disco y pareciera haberse sentido en casa gracias a la cálida bienvenida del público.

Por: Matías Muñoz

Fotos: Juan Pablo Morales

La banda liderada por la carismática Karly Hartzman hace rato viene llamando la atención desde “Twin Plagues” (2021), “Rat Saw God” (2023) y “Bleeds” (2025) gracias a una receta tan curiosa como novedosa: una especie de noise-country donde resulta difícil encasillar su sonido de guitarras sucias, descuidadas y tan auténticas que cuesta encontrar donde residen sus referencias.

Así, con esa seguridad y confianza, la banda se ha tomado la escena manteniendo un bajo perfil -a pesar de MJ Lenderman, su mediático guitarrista que decidió no girar con la banda- y llegar a lugares tan lejanos como Chile, que se sienten como su propio hogar. Y es que Wednesday es una de esas bandas que se sienten y hacen sentir a cualquiera como en casa.

Con un tierno relajo, seguridad y naturalidad, el quinteto de Carolina del Norte saltó al escenario de Club Chocolate entre vitores y vino. De entrada con “Reality TV Argument Bleeds”, caótica y desordenada, el grupo sintió la calurosa bienvenida de nuestro país y un público que, fiel a su estilo, salta y moshea cualquier acorde. Sorprendida, Hartzman prometió “una canción extra” sólo por el entusiasmo.

En vivo, el grupo no transa esa crudeza que las guitarras y distorsiones aportan entre la suavidad de una balada como "Elderberry Wine" o "Townies" donde la influencia sureña se hace más presente. A un costado del escenario, Xandy Chelmis y su steel guitar aportan ese condimiento que finalmente descubre a cualquiera de su trance mientras la banda esconde entre capas de ruido los elementos que realmente forjan su propuesta.

Sobre el escenario, más que intentar trasladar la disciplina de los discos, el grupo -que lo completan Jake "Spyder" Pugh en guitarras, Alan Miller en batería y Ethan Baechtold en bajo- se retuerce para dar nueva vida a versiones de intensas canciones como "Fate Is...", donde más que destacar por número, destacan por los contrastes y el brillo que construyen.

Para algunos, la presencia de MJ Lenderman podría cambiar en algo lo que el grupo es capaz de proponer con autoridad sobre el escenario. No obstante, considerando el peso que adquirió su figura durante los años, su ausencia no parece convertirse en un vacío que la banda deba intentar ocultar, dejando a "Spyder" todo el margen para moverse entre las capas.

Así, a medida que se armaba el pequeño mosh y entraban en confianza, el propio Chelmis, agradecido de la generosidad del público local, se sentó a fumar y compartir un improvisado pito al ritmo de "Chosen to Deserve" junto a Hartzman.

"Got Shocked", "Wound Up Here (By Holdin On)" , "Fate Is...", entre otras, siguieron el recorrido habitual del setlist del grupo, con pequeñas pausas y ligeros cambios en relación al tour. En esta ocasión, el grupo sorprendió con "Twin Plagues", parte de su primera etapa, una densa demostración de saturación donde cualquier acorde se vale para gritar y reventar guitarras, esta vez en clave slowcore.

La sensibilidad de Karly Hartzman, presente en su lírica de estilo rural suburbano del sur de EEUU y tal vez, muy adhoc a la realidad periférica de Santiago y la escena que musicaliza esta etapa, desborda en sus catárticas intervenciones a los gritos, la manera en que trata el sonido de su guitarra y cómo se percibe cómoda sobre un escenario que hoy le recuerda a sus mejores tocatas.

Hartzman no parece interesada en construir una distancia entre banda y público. Conversa, bromea, ríe mientras canta, agradece y se permite pequeños desarreglos. Incluso los momentos más caóticos conservan cierta sensación de espontaneidad e intimidad.

Y es que es tanta la intensidad que Hartzman le pone a "Bull Believer" o "Wasp", que su voz no soportaría un encore. Hacia el final del show, estas canciones representan incluso un límite físico en el que todos buscan el punto máximo, donde guitarras y otros adornos abrasivos se disipan despacio hacia conclusiones más contenidas.

Así, se dibuja un panorama que pasa de la euforia y el calor a un sentimiento de reunión y comunión en torno a un lejano proyecto que desdibuja la geografía y encuentra en una ciudad tan lejana como Santiago, después de recorrer el mundo, un espacio que se sintió espiritualmente suyo.