El Plan de la Mariposa regresa a Chile para tocar este viernes 25 de septiembre en Sala Metrónomo, en lo que será la primera escala de una intensa gira que también los llevará por Perú, Colombia y México. El grupo oriundo de Necochea llega tras haber llenado el estadio de Argentinos Juniors ante 25 mil personas, un hito que quedó plasmado en su reciente registro audiovisual Vivo y celebrando en Argentinos Juniors.
Por: Joaquín Bravo

Con más de diez años de trayectoria independiente y seis discos de estudio, la agrupación sostiene una búsqueda sonora particular donde las bases del rock conviven con acordeón, violín y sintetizadores. Horas antes de comenzar este nuevo viaje, conversamos con Santiago Andersen, violinista y encargado del arte visual de la banda, sobre la convivencia cotidiana entre hermanos, la construcción de sus recitales y la experiencia de compartir sus canciones fuera de Argentina.
Vuelven a presentarse en Santiago dentro de un recorrido que incluye ciudades como Lima, Bogotá, Medellín, Montevideo y Ciudad de México.
¿Qué recuerdos guardan de sus visitas anteriores al país y con qué expectativas llegan a este reencuentro con el público chileno?
Santiago Andersen: Siempre nos han recibido muy bien en Chile. Ha sido un crecimiento progresivo. Esta fecha va a ser la más fuerte porque la sala ya está prácticamente llena, y eso me da mucha ilusión. Además, tenemos un lindo vínculo con la gente de allá; tengo amigos viviendo en Santiago.
La primera vez que fui a Chile fue hace varios años, antes de salir de gira con la banda. Fui a surfear al sur y me pareció alucinante: el agua estaba congelada, pero las olas eran espectaculares y la naturaleza muy imponente. Llegamos con muchas ganas. La gira arranca justamente con este tramo latinoamericano, que va a ser bastante frenético: hacemos Santiago, Lima, Medellín, Bogotá y Ciudad de México en diez días. Son básicamente dos fines de semana enteros tocando y viajando. Tiene ese costado agridulce de que visitás lugares increíbles pero casi sin tiempo para recorrer, aunque es estimulante y agradezco que la música nos permita llegar a destinos impensados.
El año pasado llenaron el Estadio Diego Armando Maradona y acaban de publicar el registro audiovisual de Vivo y celebrando en Argentinos Juniors. ¿Cómo asimilaron semejante logro en su historia y de qué manera repercute en la energía de los conciertos que están dando ahora?
Santiago Andersen: Lo del estadio fue un momento bastante surrealista y loco. Eran unas 25.000 personas cantando, estaba repleto hasta las manos. De todas maneras, lo vivimos como parte de un proceso muy paulatino. Llevamos muchos años tocando juntos e hicimos todo el camino: empezamos en salas de Buenos Aires para 100, 200 y 500 personas, pasamos por Niceto, La Trastienda, Vorterix, Teatro Flores, Obras, Luna Park y el Movistar Arena. Como repetimos varias veces esos recintos, el crecimiento se fue asimilando de a poco.
Un estadio impone y tiene una dimensión impresionante. Me encantó la experiencia y dan ganas de repetirla. Este año encaramos dos Movistar Arena, que son para unas 15.000 personas, fechas muy potentes también. Miro todo este presente con gratitud y con el asombro genuino de ver a tanta gente acompañándonos.
En su sonido conviven bases de rock con psicodelia, funk, música celta, ritmos latinos e instrumentos poco habituales en el género como el acordeón y el violín, que es el que tocas tú. ¿Cómo fue madurando esa combinación con los años y cómo encaran los arreglos para que convivan tantas texturas en una misma canción?
Santiago Andersen: La incorporación de esos instrumentos se dio de manera muy natural. Estaban en nuestra casa familiar, pertenecían a generaciones anteriores; yo empecé tocando un violín que había sido de mis bisabuelos o tatarabuelos, y con el acordeón pasaba algo similar.
De hecho, empecé a estudiar violín a los 21 o 22 años con el objetivo específico de tocarlo en El Plan de la Mariposa. Al principio tocábamos todos al mismo tiempo y era un caos sonoro. Con el tiempo fuimos aprendiendo el arte del ensamble: entender cuándo entrar y cuándo callar para que cada intervención sume a la canción y no tocar solo por estar sobre el escenario.
En una banda de rock donde bajo, batería, guitarra y teclados llevan la estructura principal, el violín cumple un rol ornamental, similar al que tendría una sección de vientos o un saxofón. Mi tarea pasa por aportar melodías en los pasajes donde la voz descansa, encontrando el momento justo para acoplarme.
El proyecto nació en Necochea con una base familiar muy marcada entre hermanos. Con más de una década de trayectoria, ¿cómo gestionan el día a día entre la fraternidad y el trabajo para sostener el proyecto en el tiempo?
Santiago Andersen: Ha sido un aprendizaje largo para no confundir la confianza de la hermandad con las responsabilidades laborales. Al ser un proyecto independiente, todas las decisiones pasan por nosotros, más allá de apoyarnos en equipos de trabajo externos. Es una elección cotidiana que renovamos con pasión.
Hoy en día nos organizamos con horarios y dinámicas parecidas a las de cualquier empleo formal. Nos encontramos en el estudio de Buenos Aires a media mañana y pasamos la jornada completa trabajando. Mientras unos ensayan o graban maquetas, yo me encargo de la dirección visual: diseño las portadas de los discos, pinto y armo los afiches para las fechas. Les muestro los avances a los chicos, hacemos devoluciones y vamos construyendo en conjunto. Es un oficio y lo encaramos con esa seriedad.
Para esta fecha única anunciaron un repaso por temas de toda su carrera. Frente a un catálogo tan extenso, ¿qué criterio utilizaron para armar la lista de canciones y qué lugar reservan para piezas que hace tiempo no tocan en vivo?
Santiago Andersen: Existe una columna vertebral de unas doce o quince canciones que no pueden faltar porque el público las espera. Como solemos dar shows largos, de unas dos horas o veinticinco temas, nos queda margen para jugar y divertirnos.
Solemos definir una estructura general en torno a los recitales grandes del año, como hicimos para el Movistar Arena, donde ensayamos arreglos especiales, transiciones y rescates de temas antiguos. Un concierto necesita una narrativa interna: momentos enérgicos, tramos para el pogo, pasajes reflexivos e instancias donde bajás la intensidad para que la experiencia no agote.
A partir de esa base, a medida que la gira avanza, vamos introduciendo variaciones. Escuchamos mucho lo que nos escriben por redes pidiendo ciertas canciones. Si no están demasiado olvidadas y no requieren semanas de ensayo para reconstruirlas de cero, las montamos. A veces les cambiamos la dinámica o la instrumentación para que sigan sonando frescas tanto para la gente como para nosotros.
A lo largo de su carrera han llevado su música tanto a diversos países de Latinoamérica como a Europa. Al salir a tocar al exterior, ¿qué descubren de sus propias canciones cuando entran en contacto con realidades y escuchas tan distintas a las de Argentina?
Santiago Andersen: Es uno de los aspectos más gratificantes de este camino. Internet tiene sus costados alienantes, pero también genera situaciones mágicas: tocar en Holanda y encontrarte con alguien que conoció una canción nuestra mientras estaba de intercambio en Perú y te viene escuchando hace años sin que lo supieras. Cuando soltás una canción deja de pertenecerte; la gente se la apropia y le da un significado propio que supera lo que imaginaste.
Tocar en Latinoamérica tiene una calidez especial. El idioma compartido nos hermana de inmediato y facilita una conexión muy directa. Disfruto mucho reconocer las particularidades de cada cultura dentro de una sintonía que al final del día es muy cercana.
El show en Sala Metrónomo marca el punto de partida de un recorrido continental de diez días que pondrá a prueba la versatilidad de la banda lejos de casa. Entre la rutina metódica de su taller en Buenos Aires y la adrenalina de los grandes escenarios que ya conocen en su país, la presentación en Santiago permitirá comprobar cómo ese oficio construido entre hermanos se transforma al entrar en contacto directo con un público que, al otro lado de la cordillera, hace tiempo adoptó sus canciones como propias.