Con más de dos horas de show, pirotecnia, clásicos y un público transversal, la banda alemana celebró cuatro décadas de trayectoria en un eufórico Santander Arena.
Por: Andrés Melián

Fotos: Constanza Orrego
Un mar de poleras negras comenzó a reunirse desde temprano en los alrededores del recientemente inaugurado Santander Arena.
Padres junto a hijos, fanáticos que probablemente escucharon a Helloween cuando sus primeros discos todavía eran novedades y jóvenes que llegaron a la banda décadas después compartían un mismo espacio.
La escena adelantaba lo que terminaría siendo uno de los elementos más significativos de la noche:
Pocas bandas pueden celebrar cuarenta años de trayectoria frente a un público que parece renovarse con cada generación.

Antes del regreso de los alemanes, la responsabilidad de encender el escenario quedó en manos de Polimetro. La agrupación nacional asumió el desafío de presentarse ante un recinto preparado para recibir a una de las instituciones del power metal y respondió con una presentación directa, enérgica y sin complejos.
Durante su paso por el escenario demostraron que la energía del rock chileno todavía tiene una voz que no grita, ruge.
Una apertura que funcionó no solamente como antesala, sino también como recordatorio de una escena local que continúa encontrando espacios frente a públicos masivos. Pero las miradas estaban inevitablemente puestas en lo que vendría después.
Cuando Helloween finalmente apareció en escena, quedó claro que la celebración de sus cuatro décadas no iba a construirse solamente desde la nostalgia.

Durante más de dos horas, la banda alemana convirtió el Santander Arena en una gigantesca celebración de su historia, apoyándose en una producción de gran escala, pirotecnia, pantallas, cambios visuales y, sobre todo, una energía que resulta difícil asociar con una agrupación que lleva cuarenta años sobre los escenarios.
El espectáculo funcionó como una extensa línea de tiempo. Helloween recorrió distintas etapas de su catálogo permitiendo que convivieran canciones recientes con aquellas que ayudaron a definir no solamente su propia identidad, sino también buena parte de lo que hoy entendemos como power metal.

Ese equilibrio permitió que el concierto evitara convertirse en un simple ejercicio retrospectivo. La historia estaba presente constantemente, pero nunca pareció una pieza de museo.
En ese recorrido, clásicos como “Halloween”, “Dr. Stein” o “I Want Out” fueron recibidos como verdaderos himnos. Bastaban sus primeros acordes para provocar una reacción inmediata en un público que prácticamente no dio tregua durante toda la jornada. Brazos en alto, coros y una cancha constantemente en movimiento construyeron una postal que se repitió canción tras canción.

La presencia de material más reciente, por otra parte, confirmó que la celebración de los cuarenta años también mira hacia adelante.
Helloween no llegó únicamente a recordar quién fue, sino a demostrar quién sigue siendo. Las canciones nuevas encontraron su lugar dentro de un repertorio cargado de clásicos sin sentirse como una interrupción obligatoria, algo particularmente difícil para una banda cuyo catálogo posee varias décadas de canciones profundamente instaladas entre sus seguidores.
Buena parte de esa vigencia encuentra su explicación sobre el escenario. La formación actual permite reunir diferentes épocas de Helloween dentro de un mismo espectáculo, haciendo que las distintas generaciones que han pasado por la banda puedan dialogar en tiempo real.

El resultado es una presentación donde la técnica sigue siendo protagonista, pero nunca por encima de la conexión con el público.
Uno de los momentos más particulares de la noche apareció lejos de las grandes explosiones o de la velocidad característica del repertorio.
En medio del concierto surgió un espontáneo cover de “Yesterday” de The Beatles, una pausa inesperada que reveló otra dimensión del espectáculo. Por algunos minutos, la celebración del heavy metal se permitió bajar las revoluciones y jugar con una canción reconocible prácticamente desde cualquier generación. Fue precisamente esa espontaneidad la que convirtió el momento en algo especial dentro de un espectáculo de producción milimétricamente preparada.
Después, naturalmente, volvieron las guitarras, la velocidad y el fuego.

La pirotecnia acompañó algunos de los puntos más intensos del concierto sin transformarse en el único argumento visual. Explosiones, luces y pantallas ampliaron la dimensión de las canciones mientras la banda mantenía el centro de atención.
Más que un concierto aniversario, la presentación terminó funcionando como una demostración de permanencia.

Porque cumplir cuarenta años dentro de la música puede transformarse fácilmente en una excusa para vivir del pasado. Helloween optó por lo contrario. Helloween volvió a Chile para celebrar cuatro décadas de historia. Y terminó demostrando que, incluso después de cuarenta años, todavía queda suficiente fuego para seguir escribiéndola.
