El esperado regreso de Perotá Chingó al Teatro Coliseo se vivió como una verdadera celebración. Desde su última visita en 2023, la ausencia del dúo argentino dejó una sensación de vacío en su fiel público chileno, que aguardó con paciencia este reencuentro. La noche del sábado no solo cumplió con las expectativas, sino que las superó, convirtiéndose en un viaje musical cargado de sensibilidad, raíces latinoamericanas y una conexión emocional que pocas bandas logran generar con tanta naturalidad.
Por: Álvaro Rodríguez Cárdenas

Fotos: Juan Pablo Morales
Con más de quince años desde su primera visita a Chile y un total de trece presentaciones en el país, la relación entre Perotá Chingó y su audiencia local ya no es circunstancial: es profunda, cercana y en constante crecimiento. Chile se ha transformado en una segunda casa para el dúo, algo que se percibe tanto en la calidez del recibimiento como en la complicidad que logran construir sobre el escenario. Su más reciente trabajo discográfico, TA (2024), tenía previsto ser presentado en el Festival Ritual, evento que finalmente fue cancelado, extendiendo la espera hasta este 2026, lo que hizo aún más especial este regreso.

Desde temprano, el ambiente en el Teatro Coliseo se sintió distinto. El ingreso del público fue pausado, sin urgencias, como si todos entendieran que la experiencia que se aproximaba debía vivirse con calma. Muchos asistentes optaron por sentarse en el suelo, generando una atmósfera íntima incluso antes de que comenzara la música. Las plateas completamente agotadas confirmaban el alto nivel de convocatoria y el cariño que el público chileno mantiene por el dúo.
La apertura de la jornada estuvo en manos de los artistas nacionales Milena Antonia y Santiago Jara, quienes ofrecieron un set cargado de delicadeza, repasando boleros clásicos junto a composiciones propias. Su presentación logró conectar rápidamente con los asistentes, funcionando como una antesala perfecta para lo que vendría más tarde.

Con el teatro completamente lleno y la expectativa en su punto más alto, a las 21:30 horas las luces se apagaron. La ovación fue inmediata y ensordecedora. Perotá Chingó apareció en escena y, fiel a su esencia, decidió comenzar con una interpretación a capela de “Reverdecer”. Un inicio íntimo, casi ceremonial, que silenció al público por segundos antes de transformarse en un coro colectivo. Desde ese momento, la conexión fue total.

El recorrido musical continuó con canciones como “Oh Mamãe”, “Aguacero” y “Canción para el viento, la lluvia y Luchia”, piezas que no solo evidencian la riqueza compositiva del dúo, sino también su capacidad de generar atmósferas envolventes con una instrumentación sencilla. Cada tema fue recibido con entusiasmo, coreado de principio a fin por un público completamente entregado.
Uno de los momentos más memorables de la noche llegó con la sorpresiva aparición de Inti-Illimani quienes se sumaron al escenario para interpretar tres canciones junto al dúo argentino. La fusión de ambos proyectos generó una energía especial, cargada de simbolismo y raíces latinoamericanas. La interpretación de “Samba Lando” fue uno de los puntos más altos del show, desatando la euforia del público y provocando cánticos espontáneos que recorrieron todo el teatro, en un momento donde la música y la identidad colectiva se encontraron de forma natural.

El concierto continuó con clásicos como “Anhelando Iruya”, “Certo” y “Ríe Chinito”, consolidando un repertorio que equilibra lo emocional con lo festivo. Fue un espectáculo acústico e íntimo, pero al mismo tiempo profundamente potente en su capacidad de conmover. Las emociones estuvieron a flor de piel durante toda la presentación, transitando entre la contemplación, la alegría y la conexión colectiva.
Uno de los aspectos más destacados de la noche fue el impecable nivel vocal de Dolores Aguirre y Julia Ortiz, quienes demostraron una precisión y sensibilidad admirables. A esto se suma su carisma y cercanía con el público, elementos que terminan de construir una experiencia genuina. Cada palabra, cada gesto y cada interacción reforzaron la idea de que este vínculo con Chile no es casual, sino el resultado de años de conexión real.
Lo vivido en el Teatro Coliseo fue mucho más que un concierto. Fue un ritual musical, un espacio donde la música sirvió como puente entre culturas, emociones y memorias compartidas. Una noche que reafirma el lugar que ocupa Perotá Chingó en el corazón del público chileno y que, sin duda, quedará grabada como uno de esos encuentros que trascienden lo meramente musical.

La espera fue larga, pero valió completamente la pena. Porque cuando la conexión es auténtica, el tiempo solo fortalece el vínculo. Y lo de Perotá Chingó con Chile ya es, definitivamente, una historia que sigue escribiéndose con cada regreso.
