Si bien Phoebe Bridgers no abandona ese sonido acústico de apariencia sencilla pero nebulosa, “Lost Weekend” rompe de cierta manera con la idea de habitar ese domicilio sonoro y lo expande.
Por Matías Muñoz

En su último y más que esperado nuevo trabajo, Phoebe Bridgers se reinventa en los pequeños detalles donde juega con voces procesadas, cuerdas y atmósferas electrónicas sobre una base que incluso echa mano al country pero que pareciera seguir una línea enfocada en ejercicios de paisajes sonoros con diferentes elementos ambientales.
Esa idea, que desdibuja las canciones, convierte la experiencia en algo más ensoñador. Bridgers plantea en este disco situaciones extremadamente personales e íntimas, como la muerte de su padre, dejando espacio para una interpretación más nostálgica de su propia vida y experiencias, esta vez desde otra perspectiva (“The Outside”).
Es por eso que el duelo es uno de los elementos principales de su lírica, donde además de tocar temas como la violencia y su complicada relación con su padre, Bridgers busca el cariño entre los malos recuerdos (“Still Standing”) o nos entrega un pedazo de sus recuerdos en “Never Going Back!”, donde canta “Never going back again / The way it used to be is not the way that it is” acompañada de un audio de su padre donde le pide a su ahora hija rockstar que le devuelva el llamado.
“Governor Waltz” o “Bobby” representan otra de las caras de “Lost Weekend”. Cuando Bridgers habla de amor o sus relaciones: rotas, cotidianas, con celos. Y también como marca el sonido que propone. “Bobby” es sin duda la canción más optimista (“This could be the end of wanting”) y ruidosa del álbum. Su lírica, hasta este punto, plantea distintas formas de estar acompañado o amar, como perder a alguien, reemplazar a alguien, encontrar a alguien, necesitar demasiado a alguien y aprender a vivir con lo que queda.
Bridgers tiene un talento indiscutible para hacer que lo cotidiano suene cargado de significado, aunque eso no siempre implica que sus letras posean la profundidad o carga que se les atribuye, no obstante, hoy su mayor atributo es que su escritura funciona mejor como registro emocional y esos detalles hacen que el sentimiento se comparta.
Y es que “Punisher” (2020) sí fue más explícito en develar el imaginario Bridgers con crudeza y lágrimas, cubierto por un sonido que terminaba de consolidarse y que sirve como base para su delicada voz. En su carrera, ambos son muy personales y explícitos, pero mientras “Punisher” da la impresión de que Bridgers todavía está dentro del conflicto, en este disco muchas veces parece estar mirándolo desde cierta distancia.
En “Lost Weekend” Bridgers, además de compartir esas experiencias personales, se observa a sí misma desde fuera. Su sonido característico de repente se hunde en ruido, su lírica aparece vulnerable pero la interrumpe y cubre una voz robótica procesada, como una experiencia desconectada de quien escribe y canta.
Hacia el final, "As Above" propone otra lectura emocional del disco. Bridgers se entrega a la pieza más conmovedora del álbum ("Now, I don't want to live forever / But I don't wanna die"). Entre su guitarra y el piano, comparte detalles y reflexiones biográficas de su pasado sobre una melodía que se despoja de todo arreglo o proceso electrónico, siendo su propia voz el elemento desnudo.
Bridgers de repente se encontró con la fama y el refugio que alguna vez significaba su música es ahora un espacio compartido donde no está sola, es mucho más grande y podemos caber todos.