Hay conciertos que desde el primer momento destacan por su cercanía con el artista y otros que demoran un poco más en conectar porque priorizan la puesta en escena. El regreso de Humbe en el Teatro Caupolicán tuvo un poco de ambos. Inició con una propuesta visual impecable pero un poco fría en medio del calor santiaguino, y terminó convertida en una verdadera comunión con su público.
Por: Aielet Herrera Isla.

Fotos: Constanza Orrego
La previa del concierto ya adelantaba lo que se venía.
Los fans llegaron vistiendo al pie de la letra con prendas en tonos celestes, azules y blancos para sintonizar con el concepto de “Dueño del cielo”. Además del intercambio de regalos y freebies entre la fanaticada, el fan club chileno hizo un trabajo impecable dejando carteles en cada asiento del recinto para usarlos durante el show.
A las 20:16 horas, DJ Yei-J calentó el ambiente durante 20 minutos con clásicos del urbano latino. Luego, cuando se apagaron las luces, las pantallas laterales mostraron visuales en tonos rojiblancos y azules. La banda sonó firme en vivo y Humbe apareció en escena con musculosa y sombrero vaquero, demostrando desde el inicio un control vocal preciso y afinado con melismas correctos.

La escenografía estuvo muy bien lograda luciendo dos nubes gigantes a los lados del escenario y pantallas laterales que hicieron que el Teatro Caupolicán se sintiera como una arena. Sin embargo, el inicio se sintió con falta de roce y reciprocidad entre el artista y el público. En canciones como “Kintsugi” —donde bailó sobre una silla con luces rojas— o “Vetiver y Amaretto”, Humbe estuvo más enfocado en interactuar con su equipo de bailarines y con la cámara que lo proyectaba en las pantallas. Aunque como recurso visual funcionaba bien, se evidenció una falta de complicidad con la gente.
Pasando los minutos, el show cambió de tono al pasar al segundo acto, mostrando que la propuesta estaba planteada más como una obra de teatro que como un concierto tradicional. Un cohete despegando en la pantalla y el predominio de luces rojas mostraron un lado más terrenal y carnal, guiñado hacia el deseo y el despecho. En esta etapa, el “dueño del cielo”, lejos de una utopía celestial, parecía habitar en un inframundo emocional.

Fue a partir de ahí donde el espectáculo comenzó a abrirse en capas. A medida que avanzaban las canciones, Humbe fue desnudando su cancionero para conectar con su mundo interior. El trabajo de iluminación fue un acierto total. La luz funcionó como un personaje más que marcaba cada cambio de estado de ánimo.
En “Harry Stamper”, cantada sobre una plataforma entre nubes con luces moradas, la energía se sintió en el aire. En “REM”, con luces azules y un tono más íntimo, lució de lleno su capacidad vocal. Y para cuando llegó “Carrusel”, la distancia inicial se rompió por completo con miradas mucho más directas y cómplices hacia el público.
Uno de los puntos más altos de la velada llegó con “Sábanas”, cantando sentado frente a una luna que cambiaba de fase a sus espaldas, entregó el mejor momento vocal de la noche, que culminó con una gran tela cayendo en el centro del escenario.

Inmediatamente después, en “Murallas”, la escenografía quedó disminuida a solo él, una figura de nubes y una caída constante de confeti. Ahí logró demostrar con éxito que una balada pop también puede ostentar una producción de gran escala, sin dejar de ser una balada.
Ya en los últimos actos —de un show extenso con 35 canciones y que rozó las tres horas de duración— la dinámica había mutado por completo. Tras pasar por la potencia de “TSQ”, los láseres verdes de “Esencia” e incluso la dedicatoria de “novatos” a una pareja que se pidió matrimonio en cancha, el concierto dejó de ser solo un espectáculo visual para transformarse en una sesión de terapia colectiva.

El público acompañó a Humbe como el gran protagonista de esta historia, transitando junto a él por cada uno de sus quiebres y emociones. “Amor de Cine” desató la fiesta con lluvia masiva de confeti, “Fantasmas” puso la piel de gallina con miles de voces unidad en la canción más íntima de su repertorio, y el remate con “Morfina” terminó de coronar el viaje, cuando el público levantó el último fan project con el mensaje “Tú eres nuestra morfina”, el mexicano se emocionó al borde de las lágrimas, agradeciendo repetidamente el cariño que le entregaba Chile.

Humbe no solo ofreció un show de gran nivel con una producción impecable, sino que también terminó tocando ese cielo del que canta para convertirlo en un refugio propio y compartido con su gente. No solo fue el “dueño del cielo”, también fue quien abrió el camino para que se habitase.
Setlist
- Intro
- Astros
- El Poeta
- Bandera
- REM II
- Kintsugi
- Vetiver y Amaretto
- Tinto de Verano
- Hera
- Sanvalentín
- Harry Stamper
- REM
- Carrusel
- Sabanas
- Murallas
- Mamá
- TSQ
- 9071 km
- Mi 100
- 1960
- Novatos
- Esencia
- Armagedón
- Dueño del Cielo
- Dieznoches
- Te lo prometo
- Luz de luna
- 50mm
- Himno
- Amor de Cine
- Vegas
- Bien Hecho
- Tu valor
- Fantasmas
- Morfina
