Festival Neutral 2026: la escena independiente desbordó Matucana 100

En 2004, cuando buena parte de la música independiente chilena todavía encontraba pocas vitrinas para presentarse, nació Festival Neutral. Impulsado por el entorno de Quemasucabeza, el encuentro comenzó como un espacio para reunir proyectos que circulaban al margen de los circuitos más tradicionales y con los años terminó convirtiéndose en una referencia para entender los movimientos de la escena alternativa local. Después de ocho años de ausencia, Neutral regresó a Matucana 100 para celebrar su décima edición, con cuatro escenarios y más de doce horas de programación que reunieron a artistas de distintas generaciones y trayectorias, desde nombres fundamentales de la escena independiente hasta proyectos que hoy comienzan a hacerse un espacio dentro de ella.

Por: Javiera Choque

Fotos: Luciano Bascuñán

A las tres de la tarde, Alfilera abrió la jornada en La Huerta, entre árboles, áreas verdes y un pequeño estanque de peces, con un set que parecía hecho para ese lugar. Alfonsina García, acompañada por músicos que también participan en otros proyectos de la escena independiente, llevó a vivo las canciones de Detrás de las palabras (2025), su álbum debut, entre folk, ambientación psicodélica y arreglos electrónicos. El sonido envolvente fue una primera entrada amable a una jornada que, con el paso de las horas, se volvería mucho más física.

La décima edición de Neutral tuvo una particularidad que se hizo evidente apenas avanzó la tarde, había demasiada gente para algunos de los lugares escogidos. El festival distribuyó sus presentaciones entre la Explanada, el Teatro Principal, la Sala Bunster y La Huerta, con los tres últimos espacios sujetos a aforo. El resultado fue una circulación constante por Matucana 100, pero también largas filas para entrar a los escenarios, comprar merchandising o simplemente intentar llegar a tiempo al siguiente show. Con conciertos escalonados, perder una presentación podía significar encontrar otra opción al otro lado del recinto. La programación permitía compensar una ausencia con un descubrimiento, pero no siempre alcanzaba para resolver el problema más evidente: algunos escenarios habían quedado pequeños para la cantidad de público que querían recibir.

Fue bastante notorio con Estoy Bien. El trio presentó A la Distancia (2026) en el Teatro Principal ante un espacio que rápidamente dejó de ser suficiente. El público ocupó los pasillos, se agolpó entre las butacas y terminó extendiéndose hacia las zonas más cercanas al escenario. Para una agrupación cuyas canciones invitan al movimiento y que cuenta con una audiencia dispuesta al mosh, la elección del recinto parecía limitar la energía que el propio show pedía. Poco después, Javiera Electra tomaba la Explanada con un espectáculo de carácter marcadamente teatral. El contraste entre ambos conciertos hacía pensar que el orden de los escenarios podría haber sido otro: la energía de Estoy Bien habría encontrado un mejor lugar en la Explanada, mientras que el despliegue escénico de Electra habría podido aprovechar mejor las dimensiones del Teatro Principal.

Electra apareció en el escenario con desenvoltura y confianza. Su concierto fue artístico, desbordado y juguetón, pero nunca perdió control. Hubo bromas con el público, referencias a Hija de Perra (figura fundamental de la performance y la cultura queer en Chile, fallecida en 2014) y, en uno de los momentos más comentados de la tarde, un salto hacia la audiencia que terminó en crowd surfing. Su repertorio cruzó pop, folk, art rock, electrónica, noise y folclor latinoamericano, mientras sus músicos respondían con el mismo nivel de precisión. Después de años de desarrollar una obra donde la performance no funciona como accesorio sino como parte de la composición, verla en un escenario abierto hizo evidente por qué su presencia se ha vuelto difícil de comparar con la de otros nombres de la escena local.

En la Sala Bunster, mientras tanto, las filas ya eran parte del paisaje. Cicuta encontró una sala calurosa y repleta, con una audiencia que conocía las canciones y que se movió desde los primeros minutos. Con Renatto Olivares, Matthew “Chuca” Hopper y Joaquín González (también integrantes de Hesse Kassel) entre sus filas, la banda llevó a la Sala Bunster su cruce de post-rock, shoegaze y rock alternativo, en un espacio que terminó convertido en una pequeña olla a presión. Hubo cantos, cuerpos saltando y hasta un crowd surfing protagonizado por un asistente en silla de ruedas, mientras la banda aparecía con una estética escénica cuidadosamente caracterizada. La escena independiente puede tener circuitos pequeños, pero su público no necesariamente se comporta como uno.

María y los Templos cambió el pulso de la jornada. La banda de María Segú, nacida desde el jazz experimental y atravesada por el folclor, la electrónica, el punk, el rock y la improvisación, mostró en vivo la complejidad de Fiebre (2026). El virtuosismo de sus integrantes no quedó separado de las canciones ni de sus textos, que abordaron directamente la forma en que la industria musical puede incorporar a mujeres en sus carteles desde una lógica meramente simbólica. El momento adquirió otra dimensión cuando Javiera Electra volvió al escenario para interpretar “La Audacia”, colaboración incluida en el último disco de María y los Templos. Más que una aparición puntual, el encuentro reforzó algo que atravesó buena parte del festival: los proyectos no existen aislados, sino dentro de una red de músicos que colaboran, comparten integrantes y se encuentran una y otra vez en distintos escenarios.

Esa red también apareció con teodioteodio. En una Explanada cada vez más llena, el sexteto presentó las canciones de Echaremos el Cielo Abajo a Patadas (2026), su primer larga duración, cruzando post-rock, post-hardcore, art punk y poesía hablada. Felipe Baraona recitaba mientras las guitarras levantaban estructuras extensas y densas. Había algo especialmente directo en la recepción del público, las canciones eran conocidas, coreadas y devueltas desde abajo del escenario con la misma intensidad con que habían sido escritas. El disco, uno de los lanzamientos que ha marcado este año dentro de la escena independiente, encontró en Neutral un público que ya lo había hecho propio.

Con Congelador ocurrió algo distinto. En La Huerta, cuando el sol comenzaba a caer, una banda con tres décadas de trayectoria compartió cartel con proyectos que recién empiezan a construir su recorrido. El trío formado por Walter Roblero y los hermanos Rodrigo y Jorge Santis llegó con Distancia (2026), su primer álbum en casi una década, y desplazó buena parte de su reconocible trabajo de guitarras hacia sintetizadores, baterías programadas, electrónica y pasajes de improvisación. El resultado tuvo algo de reencuentro, pero también de descubrimiento. El paisaje del Huerto, teñido por el naranja del atardecer, acompañó uno de los momentos más logrados de la jornada: una banda con años de experiencia todavía capaz de sonar inquieta.

Cuando Hesse Kassel apareció en la Explanada, ya no quedaban dudas sobre el tamaño de su convocatoria. La banda santiaguina llegó con Morir Saltando (2026), después de haber consolidado una base de seguidores desde La Brea (2025). “Sancho Plagio” abrió el concierto y bastaron los primeros compases para que la multitud respondiera. El mosh se armó rápidamente y las letras eran cantadas prácticamente completas desde las primeras filas. Si durante la tarde había quedado claro que ciertos escenarios resultaban estrechos, aquí ocurrió lo contrario, la Explanada permitió que esa energía se expandiera sin demasiadas restricciones.

El cierre con Candelabro llevó esa misma lógica a su máxima expresión. La Explanada estaba completamente llena cuando la banda comenzó con “Corazones” de Los Prisioneros, una elección que anticipaba el tono político que tendría parte de la presentación. Deseo, Carne y Voluntad (2025), su segundo álbum, ha ampliado el alcance de un grupo que ya venía ganando terreno desde Ahora o Nunca (2023) y que durante el último año pasó por escenarios como Lollapalooza Chile y Fauna Primavera.

“Domingo de Ramos”, “Pecado” y “Fracaso” fueron recibidas como canciones que el público ya reconoce como propias. En esta última, el verso “Habrá que levantarse a construir / habrá que levantarse a trabajar” adquirió otra fuerza frente a una multitud que no solo escuchaba, sino que cantaba cada palabra. El vínculo entre Candelabro y su audiencia ya parece exceder el de una banda y sus seguidores, hay códigos comunes y una lectura generacional que explica buena parte de su crecimiento.

Esa conexión también fue una de las señales más evidentes de una escena que ha cambiado de escala. El festival quiso retratar una escena independiente en movimiento y terminó mostrando algo más difícil de ignorar, una escena que está creciendo lo suficiente como para poner a prueba los lugares que la reciben. Las filas, los aforos completos y la imposibilidad de alcanzar algunos conciertos fueron una molestia concreta, pero también una señal del tamaño que está adquiriendo la convocatoria.

Neutral volvió después de varios años de ausencia para celebrar diez ediciones, reuniendo proyectos de distintas generaciones en cuatro escenarios. Lo más interesante de la jornada no estuvo únicamente en la cantidad de nombres del cartel, sino en comprobar que existe un público dispuesto a recorrer esos caminos, hacer filas, cantar hasta quedarse sin voz y convertir canciones recientes en himnos propios. La música chilena independiente no necesita parecerse a escenas internacionales para sostener un circuito con personalidad propia. Lo que queda pendiente es que los espacios y la organización puedan crecer al mismo ritmo que esa audiencia.

NEUTRAL